miércoles 6 de julio de 2022

Opinión

“Hay una concepción de poder que no es democrática”

sábado 04 de junio de 2022
“Hay una concepción de poder que no es democrática”

“Si, como escribió Jorge Luis Borges, el prólogo es el tránsito entre el silencio y la voz, hice el camino inverso: después de mucho hablar, necesité callar”. Así comienza Silencios, memoria ruidosa sobre lo acallado (Sudamericana), el más reciente libro de Norma Morandini. Escritora e intelectual, de amplia trayectoria en periodismo y exdirectora del Observatorio de Derechos Humanos (DD.HH.) del Senado, escribió a partir de la desaparición de sus hermanos durante la última dictadura una suerte de ensayo autobiográfico acerca de su propia experiencia donde, a la vez, señala críticas a las políticas de derechos humanos de las últimas décadas.

La autora habló con Ñ en la comodidad de su hogar, cercano al Jardín Botánico, acerca del proceso de escritura del texto. Respecto a cómo surgió, reflexionó: “Pertenezco a la gran familia del dolor. Tuve una madre de pañuelo blanco, mis dos hermanos desaparecidos y una vida en el exilio. Cubrí el Juicio a las Juntas. Después de denunciar la violación a los DD.HHaprendí cuál es la filosofía jurídica y qué son los derechos democráticos. Todo eso es mi vida. Han pasado 40 años y veo que mi vida se confunde con la democratización. Lo que me pasó en términos personales también es un hecho colectivo”.

El confinamiento por el covid, que la encontró en Madrid, contribuyó inesperadamente en la génesis de este libro: “Esa posibilidad única de hacer silencio real, después de hacerlo con uno mismo, me permitió imaginar cómo había sido la vida de mis hermanos los últimos días. Algo que nunca había podido hacer”, dijo.

–En los Juicios de la ESMA se enteró de que sus hermanos habían estado allí.

–Teníamos indicios y allí fue oficializado pero nadie me avisó. Me enteré por el diario El País que puso una foto mía y del Congreso en la tapa que decía: “Hermanos de la senadora Morandini entre las víctimas que se van a juzgar a los represores de la marina”. Eso a mi me mal predispuso porque nosotros hemos sido de las familias que no eludimos querer saber, que presentamos habeas corpus desde el inicio. Mi madre salió inmediatamente a buscar a sus hijos. Me llamó la atención que nadie me haya avisado siendo una persona pública, siendo conocido mi activismo. Aquello fue la confirmación de que mis hermanos habían sido arrojados en los Vuelos de la Muerte luego de un relato que me afectó mucho. Se habló de “Las cordobecitas” –entre las que deduzco estaba mi hermana y la novia de mi hermano–, un episodio donde hubo algún aprovechamiento de abuso sexual. Me acuerdo que salí muy enojada, porque cuando el dolor es más fuerte, es más fácil enojarse que admitir el dolor. Todo eso apareció en la soledad de la pandemia.

–¿Cómo siguió el camino hacia el libro?

–Tenía guardados muchos libros en la computadora y el teléfono sobre lo que llamo mis temas: ensayos, literatura del nazismo, cómo es la relación con el pasado y, sobre todo, Hanna Arendt, a quien estudio desde el Juicio a las Juntas. También tenía el libro Ese infierno, de mujeres sobrevivientes de la ESMA, y empecé a leerlo buscando indicios de lo que había sido el final de mis hermanos. Encontré otras cosas que había escuchado en los juicios. Cuando uno no puede siquiera imaginar, no puede nombrar. Las sobrevivientes tienen una verdad personal que les pertenece. Tuve que limpiar mi corazón y mi alma para no hacer ningún juicio porque nadie sabe qué hubiese hecho en ese lugar. Pero eso también me hizo pensar: ¿Por qué mis hermanos no sobrevivieron?

–Ha sido crítica con la recuperación de la ESMA como espacio de memoria y con las políticas de DD.HH. llevadas a cabo por el kirchnerismo.

–En 2004, cuando Néstor Kirchner realiza aquel famoso acto en el que retira el cuadro de Jorge Rafael Videla, yo lo critiqué: creo que hay que dejar el cuadro y escribir la historia abajo. Simbólicamente, han sacado el cuadro para escribir la historia encima. También me llama la atención que se nombre “Ex Esma”. Nadie diría “Ex Auswitch”. Critiqué que se haya convertido en un lugar de celebración. Mi reflexión es: si alguien sabe profundamente qué pasó ahí, no puede siquiera caminar por la vereda. En los DD.HH. no hay ideología porque es una concepción universal, plural, no es de derecha ni de izquierda. Nacen de las cenizas del nazismo. Los hombres sensatos del mundo frente a ese horror elaboran esta bella utopía que es la Declaración Universal de los Derechos del hombre. Siempre me ha parecido que haber convertido a la ESMA en casi un emblema de la política de DD.HH. del kirchnerismo nos ha cerrado la posibilidad de acercarnos a los que también formamos parte de esa historia.

–¿Qué otras preguntas guían su libro?

–Lo otro que me increpa es ¿por qué aquellos que fueron perseguidos persiguen? ¿Por qué no podemos tener una conversación democrática sobre la mayor tragedia que ha vivido la Argentina contemporánea? ¿Qué es lo más grave que le es dado a un país? ¿Una tiranía o una dictadura que tuvimos, una guerra civil no declarada cuando se matan entre hermanos, y la humillación de una guerra perdida que ahora se recuerda? Cuando era corresponsal, doy fe de los testimonios que tengo de los combatientes de Malvinas despreciados. Me parece que nuestro país tiene mucho silencio. En la medida que no hagamos consciencia de lo que nos ha pasado, de poder mirar la verdad entre todos, se va proyectando eso en el presente y explica mucho de las cosas que vivimos hoy. Que no podamos hablar democráticamente, que personalicemos, que haya odio que ensombrece. A mí no me preocupa que alguien me discuta argumentos, pero cuando reconozco odio en los ojos de alguien digo: ¿No estaremos devolviendo lo que recibimos? Sé que suena ingenuo pero hablar de estas cosas le da sentido al sacrificio. A mí la Argentina no me debe nada. No creo que las víctimas tengamos una superioridad moral. Entiendo que como hemos padecido, hay una tendencia al inicio de darle lugar a la víctima. Pero nosotros solo hablamos de víctimas y verdugos, no hacemos consideraciones morales. ¿Por qué nos pasó? ¿Por qué jóvenes de clase media en un país igualitario toman las armas? ¿por qué oficiales que van a la marina, jóvenes, con la ilusión del mundo, terminan convirtiéndose en criminales? Estas no son preguntas que podés hacer al inicio cuando recién empezás a reconstruir lo que pasó. Eso es lo que reconocí en mí: cómo el tiempo te va modificando.

–Al comienzo del libro menciona el movimiento hacia el silencio como una estrategia de reflexión.

–Solo el silencio te permite acceder a ese diálogo íntimo con uno mismo que es de donde nace el pensamiento. Lo que pasa con las redes es que la inmediatez y la emocionalidad te impiden la distancia que hay que tener para poder pensar, mirar sin opacarse por el llanto, la ira. Creo que en la medida que uno va limpiando la ira, el dolor, el miedo, tu pensamiento se hace más claro. Las tiranías imponen el terror, uno se aísla, no habla con nadie, no actúa porque se siente espiado y controlado. Te cancelan como persona colectiva. Cuando viene la luz pública, aparecen las víctimas, los verdugos y no nos preguntamos ¿qué hiciste vos en ese período que había que fingir para sobrevivir? Porque nadie decía lo que pensaba. Y si eras joven tenías también el estigma de ser joven. Ahora, 40 años después, que todavía se tenga miedo de decir lo que se piensa... ¿Qué nos ha pasado? ¿Por qué no podemos hablar? Hay un poema de Neruda muy hermoso que dice “Si primero fue el verbo, las primeras palabras estuvieron rodeadas de la atmósfera del miedo y los gemidos”. Las primeras palabras democráticas fueron las de los sobrevivientes. Después vino la palabra política que metió la cola con la Ley de Obediencia Debida y el indulto. Otra cosa siniestra: en el mismo predio de la ESMA, donde se habla de los Vuelos de la Muerte, está el Museo Malvinas donde se glorifican los aviones que combatieron. Me pregunto: ¿no son los mismos? Y si no lo son, simbólicamente es la misma dictadura que con unos aviones tiró a la gente al agua y con otros fue a hacer una guerra para mantenerse en el poder. Siempre nos quedamos con la anécdota. No nos animamos a ir más abajo porque esa verdad nos lastima mucho. Tal vez sea una ingenuidad pero estoy convencida de que debemos limpiar ese pasado integrando la verdad. Ahora hay una narración con pretensiones de totalidad. Fuera de la versión oficial no podés entrar porque sos calificado de negacionista o porque te imponen una forma de hablar. Hay una concepción de poder que no es democrática. En democracia, la memoria es plural y la tenemos que construir entre todos. Entre nosotros hay mucho dolor callado de esa tragedia que fue que una muerte se vengaba con otro cadáver en los años ’70 y que si no se entiende esa orgía de violencia, mal se entiende esa estructura de terror que armó la dictadura.

–En su libro afirma que el kirchnerismo congeló la historia.

–Si, porque si analizás el día que Kirchner saca el cuadro de la pared, él hace un discurso democrático en el Colegio Militar pero en la ESMA habla de los compañeros, no habla para todos. Y la locutora oficial ya habla de Ex ESMA. Ahí te das cuenta que hay una apropiación: esto me pertenece en mi concepción política. Después eso tuvo consecuencias que yo las he visto como legisladora. Se restringió la universalidad del Banco Nacional de Datos Genéticos. En DD.HH. uno no vuelve para atrás, va hacia adelante. El Banco Nacional surge por unanimidad, sin observaciones durante el gobierno de Alfonsín. La ciencia se pone al servicio de nuestra tragedia. Descubren el índice de abuelidad, que le ponen ese nombre en homenaje a las abuelas, y eso sirve para dar certeza de identidad. Resulta que eso pasa en la dictadura. Y como eso pasa a tener una visibilidad pública, empiezan a aparecer muchísimos casos de personas también apropiadas fuera de la dictadura. Mi pregunta es: ¿no será que porque había una cultura previa de apropiación los militares pudieron hacer lo que hicieron de entregar los niños en adopción? Ese tal vez sea el legado más difícil de encarar, porque no es blanco o negro.

–¿Qué consecuencias observa de todo esto?

–El haber sido impuesto por la mayoría el 24 de marzo como feriado cuando muchos nos opusimos. Que sea feriado el 10 de diciembre, no el día de la dictadura. Porque en la medida que va pasando el tiempo, siempre el feriado es un día de fiesta, el día que arman los padres las valijas y ven a dónde viajan, para los niños es una contradicción. Luego, el haber modificado el prólogo del Nunca Más. Es un documento público que lo hizo una comisión de notables escrito por Ernesto Sábato y lo modifica un secretario de DD.HH. También las leyes de ADN compulsivo, que no digo que estén mal pero necesitan debate. Son dilemas que si los hubiéramos sacado de los organismos de DD.HH., hubiéramos hecho un camino de incorporar culturalmente qué son los DD.HH. Me parece que hemos postergado esa educación democrática. La misma cifra de desaparecidos. ¿Cómo han hecho en Dresde, Alemania, donde también había disputa por la cifra o en otros países? La dictadura fue oculta y clandestina, no le puedo pedir certeza, pero la democracia tiene que darla porque debe garantizar el derecho de la sociedad a ser informada. ¿Por qué no se armó una comisión de notables fuera de la política para que establecieran el número de desaparecidos? Eso hace una sociedad democrática. El museo de la ESMA: ¿por qué no se ha hecho museo en los otros campos? La narración misma es una narración histórica claramente ideologizada, no es la historia total de la Argentina. Ya hay una manipulación del relato. Los alemanes tienen códigos de ética para sus museos: no puede entrar la política. Se convocan historiadores, notables. La política tiene que quedar fuera. No podemos hacer una narración del pasado que sirva a la política de hoy.

–¿Le afectó en lo personal el planteo de estas críticas?

–Las primeras dos décadas de la democracia, di vueltas por todas las universidades de mi país como periodista o por temas de DD.HH. Nunca más he vuelto a una universidad, que es el lugar universal. ¿Por qué tenerle miedo a reconstruir y no seguir congelando el pasado sin hacer consideraciones de tipo moral? Creo que debemos tomar consciencia que esto nos pasó a todos, de que todos somos sobrevivientes, que hay que deslindar responsabilidades. Llevo muchos años estudiando a los alemanes y hay dos palabras que no aparecen en nosotros: responsabilidad y culpa. Si uno no tiene responsabilidad, ponés la culpa siempre afuera. Esto nos pasó a los argentinos. Por supuesto que hay grados de responsabilidad. Si no construimos conversación democrática, mal vamos a poder hablar democráticamente de la inflación o la salud. La condición fundamental de un gobierno democrático es que cada uno cumpla: los gobiernos gobiernan, la oposición controla. Hay una enorme distorsión de cómo debe funcionar una democracia.

–En el libro también menciona que “somos un país sin rituales compartidos”. ¿Relaciona esto con el diálogo democrático?

–Los argentinos no nos hemos dado los abrazos del dolor. Y el dolor no es ideológico. No podemos seguir creando resentimiento porque, por ejemplo, el niño que se cría en un hogar militar que no tiene que ver con la represión, también ha sido castigado. Reflexiono a partir de la perversión del desaparecido: nadie lo vio morir. Cuando a vos se te muere alguien, aunque sea formal, vienen y te dan un abrazo con un segundo de empatía por tu pérdida. Eso no se pudo hacer porque al desaparecido nadie lo vio morir. Yo he llevado una o dos veces una flor al río. Es como un ritual mío. Estaba en la soledad en España y hubo una gran ceremonia en el Palacio de la Zarzuela por las víctimas del covid. Yo lloraba y decía “no son mis muertos, pero me conmuevo”. Todas las culturas tienen rituales de muerte. Nosotros no tenemos lugares de duelo. En la ESMA, mis hermanos no están. Ahí está el sufrimiento que le causaron y no hay posibilidad de un ritual compartido porque se ha politizado. ¿Sabías que en la ESMA los policías no usan uniforme? Es una sobreactuación absurda. Los uniformes manchados son los de la dictadura. Por eso, esta confusión en las marchas: vos reprimís el delito, no el derecho de la marcha. Han quedado todas estas palabras connotadas y no las hemos limpiado. No hemos democratizado las fuerzas de seguridad, ni qué hablar de los servicios de inteligencia, que siguen siendo una lacra usada por todos los gobiernos. Lo más luminoso fue lo que hicimos con los juicios. La utilización política ha ido quitándoles su universalidad.

–En el libro reflexiona acerca del poder del silencio y recuerda las célebres “Marchas del silencio” ante el caso María Soledad Morales, que usted investigó en su libro Catamarca. ¿Cómo indagó al respecto?

–No hay en ningún país ese fenómeno. Eso hay que reivindicarlo siempre. Por eso yo prefiero llamarlas las madres del pañuelo blanco porque así incluyo a mi madre. Que se hayan convertido en dirigentes políticas están en todo su derecho, pero la gesta de los pañuelos nos pertenece a todos. Esa simbología es de lo más fuerte: con las marchas por María Soledad, caía la tarde y parecía que se elevaba un ruido. Era exactamente el ruido del caminar silencioso. Cuando hay silencio, solo el silencio le pone palabra. El silencio muestra lo que está oculto. Es tarea de la democracia: poner palabras. Ahora gritamos. Fijate ese proceso: silencio, palabra jurídica, empezamos a intentar hablar, se congeló la memoria y ahora se grita. En la última marcha del 24 de marzo, escuchaba el bombo militar y las bombas. Eso es la apropiación. Porque antes íbamos a la Plaza en silencio y no preguntábamos la afiliación política. La prueba de la apropiación política es que no podamos ir nosotros, el resto, los que ahora hacemos silencio porque nos gritan, no poder hacer ese ritual compartido, el mirarnos iguales, argentinos heridos, de pensar cómo vamos a salir del hueco en el que estamos si es que realmente queremos vivir en democracia.

–Estuvo una década en el Congreso, primero como diputada y luego como senadora. Escribió un libro al respecto (La mala bestia). ¿Cómo observa el debate parlamentario hoy?

–Me preocupa que se reduzca el Congreso a lo que gastan. Yo no voy a defender lo que gastan. Pero el Congreso es, en la República, la casa política por excelencia. Si degradamos tanto al Congreso, cualquier aventurero te dice mañana “eso gasta mucho, lo cierro”. Creo que hay que exigir idoneidad, porque la democracia es muy generosa, no pone requisitos para representar a otros. Pero después, no se pueden usar las bancas para atentar contra el sistema que te da fundamentos. Creo que no se ha erradicado el trueque: te voto esta ley si me das un puente, un cargo. Se ha ido degradando la vida parlamentaria así como, también, veo gente nueva, joven e idónea. Pero si no modificamos la cultura política, la gente va a seguir viendo al Parlamento como un lugar que gasta mucho cuando, en realidad, ahí se toman decisiones que afectan la vida de las personas. Tenemos democracias electorales: quien saca la mayoría cree que tiene un cheque en blanco, impone leyes y maneja el Congreso como si fuese un control remoto.

–Volviendo al libro, ¿cuál sería su intención con él?

–Me reía porque la editorial no sabe dónde encajar el libro: he sido cronista, soy víctima y activista de los DD.HH. A veces, sueno ingenua pero aspiro a que nadie pase por lo que hemos pasado. Creo que los DD.HH. y la democracia son el antídoto. Cuando uno reivindica la libertad, te dicen “ah, pero la igualdad”. No puede haber tensión entre la libertad y la igualdad, porque solo con libertad yo puedo denunciar la desigualdad. Siento que está todo corrido de lugar. Pero ahí debería entrar en un tema político que no es tu pregunta ni mi intención. Pienso que mis hermanos se han inmolado para que nosotros descubramos el valor de la democracia. La cultura política argentina no es una cultura democrática. ¿Cómo va a ser una cultura democrática si tenemos 50 años en el siglo pasado de golpes? Entonces, hay una cultura autoritaria de no respeto al otro. La democracia es plural. Mucha gente que me quiere bien me mira pensando “pobre, siempre con lo mismo”. Yo no sufro, al contrario. Espero que no genere gritos. No tengo ganas de entrar en los gritos. Me acuerdo de que en el regreso de la democracia, un cura y poeta, Hugo Mujica, estuvo siete años en silencio. En aquellos años, me decía: aquieta tu mente. Con los años entendí, por eso la gente medita para elevarse. En mi caso ha sido para descender a las profundidades y de ahí poder elevar con mirada y palabras.

Norma Morandini
Córdoba, 1948. Periodista.

​Estudió Medicina, Psicología y Periodismo en la convulsionada universidad de los setenta. En las vísperas del golpe militar de 1976 se mudó a Buenos Aires, ciudad en la que trabajó como periodista hasta que el secuestro de sus hermanos menores, Néstor y Cristina, la expulsó al exilio. Vivió en Portugal y España, donde trabajó en una de las revistas emblemáticas de la época, Cambio 16, de la que fue luego corresponsal sudamericana con asiento en Brasil. Cubrió el histórico Juicio a las Juntas para el diario O Globo de Brasil. Desde entonces se involucró en la defensa de los derechos humanos como integrante de Poder Ciudadano y Periodistas. Es autora de Catamarca, La gran pantalla, El harén, De la culpa al perdón, ¿Algún cordobés? y La mala bestia. Fue diputada por Córdoba entre 2005 y 2009 y senadora hasta 2015. Dirigió el Observatorio de Derechos Humanos del Senado de la Nación, y colabora con la sección Opinión de los diarios Clarín, La Nación y El País de España. En 2021 fue integrada a la Academia Nacional de Periodismo de Argentina.

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