Cultura, Libertad, Estado y Cooperativismo
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Cultura, Libertad, Estado y Cooperativismo

“Son las instituciones democráticas, las organizaciones populares, escuelas de ejercicio de la democracia para el pueblo, las víctimas predestinadas del régimen fascista”.

En su reciente visita al Brasil, Juan Pablo II, al referirse a los problemas de la cultura, condenó la coerción del poder, sea ésta política o económica, sobre el hecho cultural, señalando que éste “debe ser ayudado en todas las formas e iniciativas de acuerdo con el verdadero humanismo, con la tradición y con el espíritu auténtico de cada pueblo”, afirmando seguidamente que “la cultura nace libre y debe difundirse en un régimen de libertad”; la imposición cultural “además de contrastar con la libertad del hombre, pone obstáculos al proceso formativo de la propia cultura, que en su complejidad, desde la ciencia hasta la forma de vestirse, nace de la colaboración de todos los hombres” (Clarín”, Buenos Aires, 3/VII/80).

Es perfectamente conocida –pero no suficientemente combatida– la acción desculturizadora de los medios de comunicación masiva en manos de quienes manejan la propaganda. La cultura adquiere forma de mercancía: hay que venderla, y no interesa qué desea comprar la gente con tal que lo haga en cantidad suficiente como para hacer posible la producción en masa. De allí, de esos intereses, se deriva una cultura kitsch (en mosaico), un subproducto de lo que se denomina subarte; algo tan alejado de la llamada alta cultura como de la genuina cultura popular. A ello va unida una discriminación en el acceso a los medios de los auténticos creadores de cultura.

Esa manipulación, ese proceso de deculturización intencionado, que implica un desprecio, un odio a la participación en la vida social de la mayoría del pueblo, se expresa en forma abismante en el fascismo, donde hay una articulación de los intereses arriba mencionados con el aparato represivo del Estado: “Es perceptible que a la primera fase de consolidación de los gobiernos fascistas correspondió una enconada lucha contra la cultura; la quema de libros, la expulsión de los representantes del saber, el confinamiento a círculos cada vez más cerrados de los créditos a investigadores, considerados como bizantinos y heterodoxos” (Martínez Estrada, op. Cit., páginas 92/93).

 

LAS VÍCTIMAS PREDESTINADAS DEL RÉGIMEN FASCISTA

Idéntica acción es ejercida por el Estado fascista con el cooperativismo. Son las instituciones democráticas, las organizaciones populares, escuelas de ejercicio de la democracia para el pueblo, las víctimas predestinadas del régimen fascista; entre ellas, las cooperativas. En la Italia de la década del 20’, en primer lugar, el fascismo trató de eliminar de la dirección del movimiento a quienes eran potenciales enemigos del régimen.

El jerarca fascista Dino Alfieri argumentaba que la cooperación “fecunda escuela de responsabilidad de las masas laboriosas, no debe ser perturbada y desviada de su misión económica por la influencia política” (Bianco, op. Cit. Pág. 235). Bajo ese pretexto se recurrió tanto a métodos de violencia física como a una línea mórbida: se introdujeron hombres en puestos claves de las empresas cooperativas para paralizarlas políticamente, mantenerlas como simples organismos económicos; desarrollar campañas de descrédito de los dirigentes acusándolos de presuntas irregularidades administrativas; el allanamiento continuo de las entidades, etc. De esa manera, se redujo a menos de la mitad el número de las cooperativas italianas entre 1921 y 1933: se disuelve en 1925 la “Lega”, confederación nacional de las cooperativas y se cierra en 1927 el periódico “La Cooperazione Italiana”.

En 1926 se constituye un Ente Nacional de Cooperativas, que desnaturalizó todo lo que quedaba de democrático en el movimiento. En Alemania, el fenómeno adquirió características siniestras. En los años previos a la toma del poder por Hitler, bandas nazis “rompían y dañaban los establecimientos cooperativos, atacaban a sus empleados y amenazaban a sus clientes eventuales, sin que interviniera la policía, y hasta con su connivencia” (Watkins, 1975, págs. 245/246).

En 1933, Hitler es designado canciller del III Reich. El 2 de Mayo de ese año, el secretario general de la Alianza Cooperativa Internacional, Henry May, que se encontraba en Alemania alarmado por la situación del movimiento, llega al local de la Unión Central de Cooperativas de Consumo, en la ciudad de Hamburgo, y lo encuentra clausurado y con guardias nazis. En agosto de 1933, se disuelve la Unión Central, y las restantes entidades cooperativas son amalgamadas en un ente corporativo, el Reischbund, el que solicita su ingreso a la Alianza, cuyo Comité Ejecutivo rechazó, puesto que sus estatutos no cumplían los principios rochdaleanos (Watkins, op. Cit. Pág. 248; Alianza Cooperativa Internacional, 1934, págs. 89/94).

Un manto de represión cubre al cooperativismo, a otras manifestaciones sociales, a la cultura y a la vida misma, en los países del Eje y las naciones ocupados por éstos durante la guerra. El movimiento es destruido en Austria, Bélgica, Bulgaria, Checoslovaquia, Francia, Hungría, Noruega, Polonia, Rumania, Yugoslavia, etc. (6)

 

BARBARIE FASCISTA

La experiencia de la barbarie fascista puso en evidencia que la acción del Estado no sólo condiciona, sino que en situaciones límites determina la vida misma del movimiento. La cooperación no puede existir y desarrollarse si no trabaja concertadamente con todas las fuerzas progresistas por una sociedad democrática.

Como expresara un delegado del movimiento cooperativo yugoslavo en el XVI Congreso de la Alianza, M. Vutkovich: “La democracia y la libertad son problemas de vida y muerte para el cooperativismo. Sin estas condiciones, éste no puede progresar en beneficio del pueblo.

Las dos catástrofes mundiales que hemos sufrido nos han dado al respecto una preciosa experiencia. Nos e trata de emancipar la Cooperación en cada Estado, sino de obtener la ayuda eficaz del Estado democrático, dada a las fuerzas democráticas de la Cooperación” (Alianza Cooperativa Internacional, op. Cit., pág. 178).

 

REVISTA DE IDELCOOP – AÑO 1980 – VOLUMEN 7 – Nº 27

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