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La
prolongación del conflicto entre el Gobierno y el campo está
teniendo ya serias consecuencias sobre la economía argentina
y sobre la paciencia de la ciudadanía, que contempla con
asombro e impotencia la incapacidad de las autoridades
nacionales para salir de una crisis política tan absurda
como innecesaria a la cual condujo su voraz afán
confiscatorio.
Pero hay algo tanto o más grave aún: la extensión de la
cultura de la provocación y la prepotencia. Es que, frente a
la medida de fuerza de las organizaciones rurales, el
Gobierno parece responder con amenazas de acciones directas
de la mano de dirigentes piqueteros como Luis D Elía, o con
agresiones como las sufridas ayer por el titular de la
Sociedad Rural, Luciano Miguens, en pleno centro porteño.
Las distintas convocatorias al diálogo desde la Casa Rosada
sólo han sido meros intentos de ganar tiempo, y desgastar y
dividir a los dirigentes agropecuarios. La realidad indica
que, sin embargo, quien mayor desgaste sufrió fue la primera
mandataria.
El doble discurso oficial estuvo permanentemente a la orden
del día. Funcionarios y voceros gubernamentales afirman
haber propuesto generosos sistemas para la solución de los
problemas expuestos en la mesa de negociaciones, cuando todo
sigue como estaba cuando el ex ministro Martín Lousteau
anunció pálidas medidas, sin siquiera haberlas puesto a
consideración de los negociadores rurales.
Si para muestra basta un botón, ahora se asegura haber
dispuesto la apertura de las exportaciones de carnes
vacunas, que hasta ahora se ha limitado a algunas partidas
menores, en tanto las ventas continúan bloqueadas a la
espera de la aplicación de un nuevo e intrincado sistema de
autorizaciones.
Lo mismo ocurre con las exportaciones de trigo, que
continúan cerradas desde noviembre último, pese a los
innumerables anuncios de liberación expresados desde la
cartera de Agricultura.
La dirigencia rural debió soportar dilatadas esperas y
reuniones sin perspectivas de encontrar el hilo que
condujera a buen puerto, además de aguantar los malos
modales y amenazas de ciertos funcionarios, como el
secretario de Comercio Interior, Guillermo Moreno, con sus
consabidas tácticas destinadas a restar coincidencias en
lugar de sumarlas. Todo indicaba que el curso de las
tratativas tenía su conducción fuera del recinto de
deliberaciones, lo cual se confirmó finalmente cuando el
jefe de Gabinete debió retroceder sobre sus pasos. Es que,
tras bambalinas, fue el ex presidente Néstor Kirchner quien
en medio de ácidas críticas al agro desde la tribuna pública
presidió paso a paso las tratativas. Poco o nada surgió de
bueno en más de treinta fatigosos días.
Tanta desmesura muestra, entre otros aspectos, el escaso
conocimiento de nuestra realidad agraria y tanta ignorancia
de la idiosincrasia del campo argentino por parte del
Gobierno. Algo que quedó en parte demostrado por el
llamativo apoyo de vastos núcleos urbanos a las demandas de
los productores agropecuarios.
Frente al sombrío panorama descripto, es necesario insistir,
una vez más, en el diálogo. Es de esperar que la dura
experiencia vivida obligue a recapacitar a todos y se abra
una nueva instancia negociadora, como la que insinuó ayer la
presidenta de la Nación, aunque esta vez con mejorados
propósitos, que permitan alcanzar un acuerdo transformador.
La economía y la paz social siguen en grave peligro. El país
requiere actitudes sensatas y respetuosas del Estado de
Derecho, además de dirigentes que estén a la altura de las
difíciles circunstancias actuales.
Editorial I – La Nación |